Muévete como si fueras un niño: la curiosidad como motor del ejercicio en la madurez
Tengo 53 años, vivo en un cuarto y todas las mañanas mi hija y yo bajamos las escaleras corriendo para ver cuál de las dos llega antes al portal.
No me imagino a mi madre, con esa edad, haciendo lo mismo. Parecía mucho mayor.
Lo que hago cada día sin pensarlo
Veo la tele sentada en el suelo. Apenas uso el sofá ni la silla — el peor invento de la humanidad.
Me encanta ir a mis clases de danza presencial, porque flipo con los ángulos y rincones que me encuentro. Me encanta bailar.
No cojo el ascensor para subir. Voy al trabajo en bicicleta. Cada día me levanto de la cama de una forma diferente — hay que ser creativo.
Jamás repito en mis clases. Es raro que haga una clase igual a otra. Hace que mi cerebro no se aburra y que constantemente se motive a buscar nuevas formas de aprendizaje.
Por qué te cuento esto
No te lo cuento para presumir.
Te lo cuento porque quiero que entiendas algo importante:
👉 No envejecemos por la edad, sino porque dejamos de tener patrones de movimiento.
👉 La vejez empieza cuando la persona decide no abrirse a nuevos patrones corporales.
Los niños son ricos en movimiento. Se mueven con curiosidad, con sorpresa, sin miedo al error. En la madurez nos volvemos rígidos por creencia, no por edad.
Pero ¿quién dice que con 53 años no puedo bajar las escaleras corriendo con mi hija?
Mi propuesta
Muévete. No hace falta que corras una maratón ni que te apuntes a un gimnasio.
Siéntate en el suelo. Sube las escaleras. Baja corriendo. Baila en la cocina. Levántate de la cama de una forma diferente cada día.
El cerebro se alimenta del movimiento. Y estamos un poco atontados de lo poco que nos movemos.
👉 Las limitaciones se las pone uno mismo.
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